(Foto: Markku Heikkilä)
No fue sino hasta que la vi ese día en el supermercado que me di cuenta cabal de cuánto la había extrañado durante todo nuestro distanciamiento.
Cuando la conocí, yo era prácticamente un niño mientras que ella había sido amiga de la familia desde siempre. Al menos de mi parte, fue lo más parecido al amor a primera vista. Nuestros primeros encuentros fueron casuales, y debo admitir que ella me hablaba de cosas que yo no entendía, pero me encantaba tratar de descifrarla.
Ella tenía muchas facetas. Podía ser muy seria o contar unas historias tan divertidas que lo hacían a uno rodar por el suelo a carcajadas. Con la misma facilidad hablaba de deportes, política o literatura. Era tan popular, que a veces costaba mucho tener un rato a solas con ella. Todos la querían. A veces me enteraba que ella había salido con mi hermana un día, otras veces andaba con mi madre y unas más con mi abuela. Así que aprendí a valorar nuestro tiempo juntos. A mi me encantaba compartir el desayuno con ella los fines de semana. Una vez le derramé un poco de yogur encima, pero a ella no le importó, y como si nada, siguió contándome sobre unos saboteadores italianos que habían instalado bombas a bordo de minisubmarinos durante la Segunda Guerra Mundial.
Ella le brindó nuevos horizontes a mi cultura: por ella sé que la última actuación de Voltaire fue la mejor de su vida. También me ayudó a conocerme a mi mismo. Con sus hilarantes historias, desarrollé mi gusto por la comedia. Con sus antologías de caricaturas, me di cuenta lo mucho que me gustaba dibujar.
Pensé que íbamos a estar juntos por siempre, pero me equivocaba.
De un día al otro, ella comenzó a cambiar profundamente. De ser culta y sofisticada, pasó a ser intrascendente y superficial, una más del montón. También comenzó a adelgazar mucho. Incapaces de aguantar sus radicales cambios de comportamiento, mi familia y yo nos fuimos alejando de ella hasta que dejamos de verla por completo. Un par de veces me la encontré casualmente en la casa de algún amigo, pero nunca me sentí inclinado a acercarme, y ella tampoco. Con el tiempo, dejé de pensar en ella y me enfoqué en otras áreas de mi vida.
Y así estuvieron las cosas por mucho tiempo hasta que un día en el supermercado, cuando yo estaba haciendo cola frente a la caja registradora, tropecé con un anaquel y al volverme, allí estaba ella.
Había cambiado muchísimo. Todavía estaba penosamente delgada, pero se miraba saludable. Me comenzó a contar sobre nuevas estrategias de seguridad para automovilistas y sentí brotar un caudal de contradictorias emociones reprimidas. Finalmente me pregunté, ¿era posible que pudiéramos volver a ser como antes? Yo no lo sabía, pero estaba dispuesto a intentarlo.
Así que la tomé en mis manos y salimos juntos de la tienda. Yo estaba feliz. Ya hacía demasiado tiempo que no había pasado una tarde con una revista Selecciones nueva, así que ahora estaba decidido a disfrutármela hasta el último artículo.
martes, 9 de marzo de 2010
domingo, 7 de marzo de 2010
Misoginia a la hora del té
(Foto: Anne Rippy)
Lo primero que dijo al sentarse fue:
-Eso de que las mujeres manejan mejor que los hombres es completamente falso. Todo el mundo sabe que todos los accidentes de tráfico los ocasionan las mujeres.
Desde siempre, Vinicio siempre ha sido de opiniones muy firmes, especialmente con respecto al género femenino. No por nada una estudiante de Humanidades le clavó el apodo de “Chau, Vinicio” y otra más críptica le puso “Onigósim”. Pero eso a Vinicio nunca le importó, así como ahora tampoco le importaba estar haciendo comentarios de ese calibre en medio de un restaurante repleto de señoras celebrando el Día Internacional de la Mujer.
Quienes hemos elegido ser sus amigos, hemos aprendido a ignorar a Vinicio cuando empieza con sus postulados socioculturales. Mientras nos servían las bebidas, Vinicio prosiguió:
-Amigos míos, la cosa es así: Las mujeres carecen de nuestra habilidad natural para calcular espacio tridimensional. Por ello manejan despacio y traban el tráfico, lo que causa frustración en los demás conductores, lo que los hace tomar medidas desesperadas que al final ocasionan colisiones. Esa es una forma en la que las mujeres causan accidentes.
Volteé a ver a Ernesto, quien sonreía divertido ante los desvaríos de nuestro compañero. Su novia dice que a Vinicio en vez de darle el pecho, le dieron la espalda.
-Para evitar que las mujeres traben el tráfico, algunos hombres toman el volante y llevan a sus mujeres en el asiento de copiloto. Pero aunque las mujeres son pésimas conductoras, son peores como navegantes. Se la pasan todo el camino señalando cosas que no les parecen de la forma en la que maneja el hombre. Que va muy rápido, que muy lento, que está muy pegado al de enfrente, que se pasó un rojo. Un piloto, atarantado de tal modo, pierde el control del volante y choca. Otro accidente ocasionado por una mujer. Por eso, si uno insiste en llevar a una mujer en el auto, hay que llevarla amordazada. O en el baúl.
Algunas mujeres de las mesas vecinas empezaban a prestar atención a la perorata y sacudían la cabeza disgustadas. Sorprendí a Roberto fingiendo leer el menú cuando en realidad escondía la cara para que la gente no lo viera en compañía de nuestro querido orate. Saúl intervino:
-Pero hay accidentes donde el hombre iba solo. ¿Esos también son culpa de las mujeres?
-Pues claro. En esos casos, siempre resulta que el hombre perdió la concentración por estar hablando con alguna mujer por teléfono. Siempre es culpa de la mujer.
Vinicio iba a decir algo más, pero fue interrumpido por la mesera, quien traía nuestros platos. Cuando nos disponíamos a comer, con el rabillo del ojo, me di cuenta que nuestra mesera y varias de sus compañeras nos espiaban desde la cocina. Parecían esperar algo. En el momento en que Vinicio tragó su primer bocado, ellas se codearon unas a otras, sonrientes y con un aire de satisfacción.
Lo primero que dijo al sentarse fue:
-Eso de que las mujeres manejan mejor que los hombres es completamente falso. Todo el mundo sabe que todos los accidentes de tráfico los ocasionan las mujeres.
Desde siempre, Vinicio siempre ha sido de opiniones muy firmes, especialmente con respecto al género femenino. No por nada una estudiante de Humanidades le clavó el apodo de “Chau, Vinicio” y otra más críptica le puso “Onigósim”. Pero eso a Vinicio nunca le importó, así como ahora tampoco le importaba estar haciendo comentarios de ese calibre en medio de un restaurante repleto de señoras celebrando el Día Internacional de la Mujer.
Quienes hemos elegido ser sus amigos, hemos aprendido a ignorar a Vinicio cuando empieza con sus postulados socioculturales. Mientras nos servían las bebidas, Vinicio prosiguió:
-Amigos míos, la cosa es así: Las mujeres carecen de nuestra habilidad natural para calcular espacio tridimensional. Por ello manejan despacio y traban el tráfico, lo que causa frustración en los demás conductores, lo que los hace tomar medidas desesperadas que al final ocasionan colisiones. Esa es una forma en la que las mujeres causan accidentes.
Volteé a ver a Ernesto, quien sonreía divertido ante los desvaríos de nuestro compañero. Su novia dice que a Vinicio en vez de darle el pecho, le dieron la espalda.
-Para evitar que las mujeres traben el tráfico, algunos hombres toman el volante y llevan a sus mujeres en el asiento de copiloto. Pero aunque las mujeres son pésimas conductoras, son peores como navegantes. Se la pasan todo el camino señalando cosas que no les parecen de la forma en la que maneja el hombre. Que va muy rápido, que muy lento, que está muy pegado al de enfrente, que se pasó un rojo. Un piloto, atarantado de tal modo, pierde el control del volante y choca. Otro accidente ocasionado por una mujer. Por eso, si uno insiste en llevar a una mujer en el auto, hay que llevarla amordazada. O en el baúl.
Algunas mujeres de las mesas vecinas empezaban a prestar atención a la perorata y sacudían la cabeza disgustadas. Sorprendí a Roberto fingiendo leer el menú cuando en realidad escondía la cara para que la gente no lo viera en compañía de nuestro querido orate. Saúl intervino:
-Pero hay accidentes donde el hombre iba solo. ¿Esos también son culpa de las mujeres?
-Pues claro. En esos casos, siempre resulta que el hombre perdió la concentración por estar hablando con alguna mujer por teléfono. Siempre es culpa de la mujer.
Vinicio iba a decir algo más, pero fue interrumpido por la mesera, quien traía nuestros platos. Cuando nos disponíamos a comer, con el rabillo del ojo, me di cuenta que nuestra mesera y varias de sus compañeras nos espiaban desde la cocina. Parecían esperar algo. En el momento en que Vinicio tragó su primer bocado, ellas se codearon unas a otras, sonrientes y con un aire de satisfacción.
viernes, 5 de marzo de 2010
Tic TAC
(Foto: Rubberball)
Las introspecciones suelen ser algo muy personal, a menos que las exija el doctor. En esos casos se vuelven algo muy gráfico.
Él se sintió confundido cuando el doctor le recetó una Tomografía Axial Computarizada (TAC). El nombre tan rimbombante le hizo sentir especial curiosidad, pues si bien él las había oído mencionar las tomografías incontables veces en la televisión, nunca en la vida le habían hecho una.
Cuando él se apersonó en la sala de Radiología, se encontró frente a frente con un descomunal aparato color blanco de forma toroide. Siguiendo las indicaciones del técnico, él se descalzó y se acostó boca arriba en la camilla con la cabeza colgando. Motores hidráulicos ocultos hicieron avanzar la camilla hasta colocarla en el centro de la colosal máquina, la cual empezó se encendió más luces que un árbol de Navidad y empezo a rugir mientras sus componentes internos giraban irradiando generosas dosis de radiación electromagnética por todos lados.
Como él no tenía otra cosa que hacer más que permanecer inmóvil en la incómoda posición necesaria para realizar la TAC, le dio permiso a su hemisferio derecho a divagar a su sabor y antojo. Obedientemente, su cerebro produjo una serie de imágenes mentales, cada una más alucinante que la anterior. Empezó con visiones de Bill Bixby desempeñando el papel de Bruce Banner en cierta serie de televisión de los setentas. Si las sobredosis de rayos gamma lo ponen a uno verde, ¿de que color lo pondría a uno una sobredosis de rayos X?, se preguntó. No lo sabía, pero no le urgía averiguarlo.
Justo cuando se imaginaba a si mismo como un astronauta en su nave espacial surcando el universo en búsqueda de vida extraterrestre, la máquina se detuvo. La tomografía estaba lista.
El técnico le invitó a ver las imágenes y él aceptó, sin imaginar que iba a ver algo asombroso. En cada cuadro, huesos, músculos y cartílagos aparecían rebanados como si un inmenso cuchillo le hubiera rodajado su cráneo. Una rebanada en particular le llamó la atención.
-Eso parece un rostro, dijo sorprendido.
-En efecto, fue la respuesta. Así luce su cara cuando es bañada en rayos X.
Volvió a ver la imagen con más detenimiento. Pero en vez de reconocer la amable faz que veía todos los días en el espejo del baño, se topó con un insólito semblante desnarigado, de ojos sin pupilas, incisivos negros y sin una mandíbula inferior visible. Lo único que él pudo pensar es que el astronauta de su imaginación al fin había encontrado a su marciano.
Las introspecciones suelen ser algo muy personal, a menos que las exija el doctor. En esos casos se vuelven algo muy gráfico.
Él se sintió confundido cuando el doctor le recetó una Tomografía Axial Computarizada (TAC). El nombre tan rimbombante le hizo sentir especial curiosidad, pues si bien él las había oído mencionar las tomografías incontables veces en la televisión, nunca en la vida le habían hecho una.
Cuando él se apersonó en la sala de Radiología, se encontró frente a frente con un descomunal aparato color blanco de forma toroide. Siguiendo las indicaciones del técnico, él se descalzó y se acostó boca arriba en la camilla con la cabeza colgando. Motores hidráulicos ocultos hicieron avanzar la camilla hasta colocarla en el centro de la colosal máquina, la cual empezó se encendió más luces que un árbol de Navidad y empezo a rugir mientras sus componentes internos giraban irradiando generosas dosis de radiación electromagnética por todos lados.
Como él no tenía otra cosa que hacer más que permanecer inmóvil en la incómoda posición necesaria para realizar la TAC, le dio permiso a su hemisferio derecho a divagar a su sabor y antojo. Obedientemente, su cerebro produjo una serie de imágenes mentales, cada una más alucinante que la anterior. Empezó con visiones de Bill Bixby desempeñando el papel de Bruce Banner en cierta serie de televisión de los setentas. Si las sobredosis de rayos gamma lo ponen a uno verde, ¿de que color lo pondría a uno una sobredosis de rayos X?, se preguntó. No lo sabía, pero no le urgía averiguarlo.
Justo cuando se imaginaba a si mismo como un astronauta en su nave espacial surcando el universo en búsqueda de vida extraterrestre, la máquina se detuvo. La tomografía estaba lista.
El técnico le invitó a ver las imágenes y él aceptó, sin imaginar que iba a ver algo asombroso. En cada cuadro, huesos, músculos y cartílagos aparecían rebanados como si un inmenso cuchillo le hubiera rodajado su cráneo. Una rebanada en particular le llamó la atención.
-Eso parece un rostro, dijo sorprendido.
-En efecto, fue la respuesta. Así luce su cara cuando es bañada en rayos X.
Volvió a ver la imagen con más detenimiento. Pero en vez de reconocer la amable faz que veía todos los días en el espejo del baño, se topó con un insólito semblante desnarigado, de ojos sin pupilas, incisivos negros y sin una mandíbula inferior visible. Lo único que él pudo pensar es que el astronauta de su imaginación al fin había encontrado a su marciano.
miércoles, 3 de marzo de 2010
Requisas hematológicas
(Foto: Jenni Holma)
Él contempló los papeles que sostenía en sus manos. Debía haberlos estudiado detenidamente antes de presentarse al examen, pero no había pasado de darles una lectura superficial. Distraído en estas cavilaciones, no oyó cuando lo llamaron. Fue hasta que dijeron su nombre por segunda vez que reaccionó. Él suspiró y se puso de pie. No había entrado al examen y ya sabía que ese día iba a correr la sangre.
Este era tan sólo el más reciente capítulo de la enfermiza saga que se había iniciado dos meses atrás con un catarro inocente y que más tarde se había convertido en un malicioso broncoespasmo con una buena dosis de rinitis. Aparte de recetarle variados remedios, el doctor le había ordenado realizarse dos exámenes de laboratorio.
La primera prueba, un examen de sangre, requería un ayuno previo de 14 horas. Eso dio al traste con sus planes de asistir a una cena con amigos. Ayunar era una cosa. Ayunar rodeado de suculentas viandas, era muy otra. Aparte, conocía a sus amigos, y ya sabía los intercambios que iban a producirse:
-¿Por que no comes? ¿Acaso estás a dieta? No te preocupes, los aperitivos son bajos en calorías, te lo aseguro.
-No estoy a dieta, tan sólo tengo que hacerme un examen de sangre mañana.
-Un examen? Estás enfermo?
-No creo estarlo. Pero mi doctor me lo ordenó.
-¡Que mal! Bueno, al menos tómate un trago.
-Gracias, pero paso.
-¿Que pasa, ahora eres AA? Disculpa, no sabía. ¡Que desconsiderado de mi parte ofrecerte licor!
-No, pero como te dije, tengo que hacerme un examen, y…
-¡Ay, no!, ¿En serio no estás enfermo? ¡Dinos la verdad! ¿Cuanto meses te quedan?
-…
Prefirió quedarse en casa.
Al dia siguiente, mientras le masajeaban el brazo para hallarle la vena, él pudo percibir a sus víceras protestando a coro por el ayuno. Paciencia, mis niñas. Ya nos hartaremos, ya verán. La expresión confundida de la laboratorista le hizo ver que había dicho la frase anterior en voz alta. Silencio incómodo.
La remoción de sangre procedió sin novedad. Mientras caminaba hacia la salida con un cuarto de onza menos de sangre en el cuerpo y un diminuto vendaje adhesivo sobre el área de la extracción, él se alegró de no ser como su amigo Braulio, un agujafóbico declarado, a quien la simple mención de la parábola del camello y la aguja bastaba para hacerlo entrar en convulsiones y ataques de pánico.
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Lecturas relacionadas: Grandes aspiraciones y Respiraciones irrestrictas.
Él contempló los papeles que sostenía en sus manos. Debía haberlos estudiado detenidamente antes de presentarse al examen, pero no había pasado de darles una lectura superficial. Distraído en estas cavilaciones, no oyó cuando lo llamaron. Fue hasta que dijeron su nombre por segunda vez que reaccionó. Él suspiró y se puso de pie. No había entrado al examen y ya sabía que ese día iba a correr la sangre.
Este era tan sólo el más reciente capítulo de la enfermiza saga que se había iniciado dos meses atrás con un catarro inocente y que más tarde se había convertido en un malicioso broncoespasmo con una buena dosis de rinitis. Aparte de recetarle variados remedios, el doctor le había ordenado realizarse dos exámenes de laboratorio.
La primera prueba, un examen de sangre, requería un ayuno previo de 14 horas. Eso dio al traste con sus planes de asistir a una cena con amigos. Ayunar era una cosa. Ayunar rodeado de suculentas viandas, era muy otra. Aparte, conocía a sus amigos, y ya sabía los intercambios que iban a producirse:
-¿Por que no comes? ¿Acaso estás a dieta? No te preocupes, los aperitivos son bajos en calorías, te lo aseguro.
-No estoy a dieta, tan sólo tengo que hacerme un examen de sangre mañana.
-Un examen? Estás enfermo?
-No creo estarlo. Pero mi doctor me lo ordenó.
-¡Que mal! Bueno, al menos tómate un trago.
-Gracias, pero paso.
-¿Que pasa, ahora eres AA? Disculpa, no sabía. ¡Que desconsiderado de mi parte ofrecerte licor!
-No, pero como te dije, tengo que hacerme un examen, y…
-¡Ay, no!, ¿En serio no estás enfermo? ¡Dinos la verdad! ¿Cuanto meses te quedan?
-…
Prefirió quedarse en casa.
Al dia siguiente, mientras le masajeaban el brazo para hallarle la vena, él pudo percibir a sus víceras protestando a coro por el ayuno. Paciencia, mis niñas. Ya nos hartaremos, ya verán. La expresión confundida de la laboratorista le hizo ver que había dicho la frase anterior en voz alta. Silencio incómodo.
La remoción de sangre procedió sin novedad. Mientras caminaba hacia la salida con un cuarto de onza menos de sangre en el cuerpo y un diminuto vendaje adhesivo sobre el área de la extracción, él se alegró de no ser como su amigo Braulio, un agujafóbico declarado, a quien la simple mención de la parábola del camello y la aguja bastaba para hacerlo entrar en convulsiones y ataques de pánico.
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Lecturas relacionadas: Grandes aspiraciones y Respiraciones irrestrictas.
lunes, 1 de marzo de 2010
Respiraciones irrestrictas
(Foto: Stone Images)
Lejos estaba él de imaginarse, después de tanto tiempo de batallar decididamente contra su enemigo, que vencerlo iba a resultarle tan perjudicial.
Su lucha contra la obstrucción nasal ya llevaba varias semanas. Pero hacía diez días que él había acudido con un especialista y el hombre le había recetado una cantidad enorme de pastillas, medicina aspirada y lavados nasales.
Le tomó tiempo acostumbrarse a tomar una pastilla en la mañana, otra en la tarde y otra más en la noche. Le daba pánico olvidar tomar alguna, pero a veces olvidaba si ya la había tomado. Consideró durante incontables minutos si era peor la sobredosis o la falta de medicamento. Finalmente logró desarrollar el sistema de contar las pastillas restantes para así deducir si ya había tomado la pastilla del día o no.
Pero lo peor de todo fueron los lavados nasales. Tres veces al día, él tenía que llenar una jeringa con una mezcla de agua y bicarbonato, meterla en cada una de las ventanas de su nariz y disparar su contenido. Cuando el salado líquido resbalaba por sus senos nasales hacia su garganta, él no podía evitar recordar las veces que había estado a punto de ahogarse en el mar. El recuerdo fue especialmente vívido en una oportunidad en que cometió el error de inhalar aire al mismo tiempo que vaciaba la jeringa dentro de su nariz.
Llegado el séptimo día de tratamiento, la infección que lo había aquejado por dos semanas finalmente comenzó a sucumbir. Los olores que tanto tiempo había perdido comenzaron a regresar a sus narices. Un día se dio cuenta que ya podía percibir el olor a tierra mojada, el champú de su hermana, y el sabor de los pimientos rellenos de su madre.
Al día siguiente, percibir el olor a café recién hecho en la oficina. Pudo darse cuenta de que alguien fumaba en la calle sin tener que voltear a ver.
En eso llegó la hora del almuerzo. Él y varios de sus compañeros de trabajo pasaron a la cafetería a calentar los alimentos que habían traído en sus portaviandas y se sentaron a comer. Cuando la persona sentada a la par suya destapó sus recipientes, descubrió lo que parecía un filete muy extraño. “¿Que trajiste?”, le preguntó él. “Hígado a la parrilla”, fue la respuesta.
Él quiso huir, pero ya era demasiado tarde. Mientras sentía el punzante aroma invadír inmisericordemente sus prístinas fosas nasales y ultrajar totalmente su sentido del olfato, él maldijo de corazón a toda la ciencia médica, y a su miserable efectividad. Conteniendo las lágrimas, añoró los días en los que a sus senos nasales no entraba oxígeno ni olor alguno y su nariz no servía más que para adorno.
Lejos estaba él de imaginarse, después de tanto tiempo de batallar decididamente contra su enemigo, que vencerlo iba a resultarle tan perjudicial.
Su lucha contra la obstrucción nasal ya llevaba varias semanas. Pero hacía diez días que él había acudido con un especialista y el hombre le había recetado una cantidad enorme de pastillas, medicina aspirada y lavados nasales.
Le tomó tiempo acostumbrarse a tomar una pastilla en la mañana, otra en la tarde y otra más en la noche. Le daba pánico olvidar tomar alguna, pero a veces olvidaba si ya la había tomado. Consideró durante incontables minutos si era peor la sobredosis o la falta de medicamento. Finalmente logró desarrollar el sistema de contar las pastillas restantes para así deducir si ya había tomado la pastilla del día o no.
Pero lo peor de todo fueron los lavados nasales. Tres veces al día, él tenía que llenar una jeringa con una mezcla de agua y bicarbonato, meterla en cada una de las ventanas de su nariz y disparar su contenido. Cuando el salado líquido resbalaba por sus senos nasales hacia su garganta, él no podía evitar recordar las veces que había estado a punto de ahogarse en el mar. El recuerdo fue especialmente vívido en una oportunidad en que cometió el error de inhalar aire al mismo tiempo que vaciaba la jeringa dentro de su nariz.
Llegado el séptimo día de tratamiento, la infección que lo había aquejado por dos semanas finalmente comenzó a sucumbir. Los olores que tanto tiempo había perdido comenzaron a regresar a sus narices. Un día se dio cuenta que ya podía percibir el olor a tierra mojada, el champú de su hermana, y el sabor de los pimientos rellenos de su madre.
Al día siguiente, percibir el olor a café recién hecho en la oficina. Pudo darse cuenta de que alguien fumaba en la calle sin tener que voltear a ver.
En eso llegó la hora del almuerzo. Él y varios de sus compañeros de trabajo pasaron a la cafetería a calentar los alimentos que habían traído en sus portaviandas y se sentaron a comer. Cuando la persona sentada a la par suya destapó sus recipientes, descubrió lo que parecía un filete muy extraño. “¿Que trajiste?”, le preguntó él. “Hígado a la parrilla”, fue la respuesta.
Él quiso huir, pero ya era demasiado tarde. Mientras sentía el punzante aroma invadír inmisericordemente sus prístinas fosas nasales y ultrajar totalmente su sentido del olfato, él maldijo de corazón a toda la ciencia médica, y a su miserable efectividad. Conteniendo las lágrimas, añoró los días en los que a sus senos nasales no entraba oxígeno ni olor alguno y su nariz no servía más que para adorno.
sábado, 27 de febrero de 2010
Momentos insignes
(Foto: Car Culture)
Con un poco de nerviosismo, observo como la broca penetra en el plástico, a tan sólo unos centímetros de mi índice y mi pulgar. Instintivamente, empiezo a retirar los dedos de la pieza que sostengo, pero la voz de don Martín me detiene: “Por favor no se mueva tanto joven, que si se me desvía la herramienta, ya nos llevó la fregada.”
Todo se inició un par de semanas atrás, cuando al acercarme a donde tenía parqueado el vehículo, noté que la insignia frontal estaba colgando únicamente de un soporte. Unos malhechores habían tratado de arrancarme el emblema, pero sin éxito, tal vez por falta de experiencia. Sin embargo, el daño estaba hecho: bastaba un tirón para llevarse la pieza. Con cuidado, la desmonté y la guardé.
Poner de vuelta la insignia tenía sus dificultades. Lo más sencillo era reinstalarlo utilizando adhesivo, pero lo mas probable era que quienes habían fracasado al intentar removerlo la primera vez, fueran exitosos la segunda vez. Necesitaba que la reinstalación fuera hecha incluyendo un elemento de disuasión. No había alternativa: tendría que remachar la insignia.
Eso me trajo con don Martín, uno de los pocos artesanos del ramo que todavía quedan, y quien día con día se encarga de fijar permanentemente los preciosos pedazos de plástico brillante a la carrocería de vehículos de toda marca y manufactura. La idea de ponerle remaches a un emblema es estéticamente aberrante. Los fabricantes de automóviles gastan millones en desarrollar sus marcas e insignias, y difícilmente considerarían como una mejoría la adición de sujetadores de metal a sus logotipos.
Pero como dije antes, no hay otra opción, pues los mismos remaches que afean a las insignias, las hacen inapetecibles a los amigos de lo ajeno. Y por ello don Martín tiene clientes de sobra. Pero esto no es sin incidentes. Una vez un tipo llegó a buscarlo para exigirle que le pagara un tremendo rayón que le habían hecho al tratar de remachar unos logos a la carrocería de su flamante Mercedes nuevo. Don Martín se defendió insistiendo que él no había sido quien le había puesto los remaches. El otro al fin desistió de tratar de cobrarle, pero salió echándole mil maldiciones y jurando y perjurando que nunca en la vida iba a llevarle otro carro a remachar. Pero al mes después estaba de vuelta, trayéndole el auto recién reparado. Al fin y al cabo, había que asegurar las insignias.
Mientras tapiza mis emblemas de remaches, don Martín me regala con más anécdotas.
“La gente a veces me pregunta por qué nunca estoy enojado, que por qué siempre ando alegre, y yo les digo que es porque fui payaso. Y es verdad. Fui payaso en dos circos en México durante un tiempo.” Al verlo riendo alegremente mientras colocaba remache tras remache, es fácil imaginarlo entreteniendo a una multitud bajo una carpa en tierras muy lejanas.
“Es importante tener los insignias colocadas en los carros”, afirma don Martín, al terminar su trabajo. “Porque, ¿sabe cómo se miraba su carro sin su insignia? ¡Así!”, exclama, a tiempo que me sonríe con una dentadura carente de incisivos superiores e inferiores. Y de esa forma, el remachador-payaso logra que otro cliente suelte la carcajada.
Con un poco de nerviosismo, observo como la broca penetra en el plástico, a tan sólo unos centímetros de mi índice y mi pulgar. Instintivamente, empiezo a retirar los dedos de la pieza que sostengo, pero la voz de don Martín me detiene: “Por favor no se mueva tanto joven, que si se me desvía la herramienta, ya nos llevó la fregada.”
Todo se inició un par de semanas atrás, cuando al acercarme a donde tenía parqueado el vehículo, noté que la insignia frontal estaba colgando únicamente de un soporte. Unos malhechores habían tratado de arrancarme el emblema, pero sin éxito, tal vez por falta de experiencia. Sin embargo, el daño estaba hecho: bastaba un tirón para llevarse la pieza. Con cuidado, la desmonté y la guardé.
Poner de vuelta la insignia tenía sus dificultades. Lo más sencillo era reinstalarlo utilizando adhesivo, pero lo mas probable era que quienes habían fracasado al intentar removerlo la primera vez, fueran exitosos la segunda vez. Necesitaba que la reinstalación fuera hecha incluyendo un elemento de disuasión. No había alternativa: tendría que remachar la insignia.
Eso me trajo con don Martín, uno de los pocos artesanos del ramo que todavía quedan, y quien día con día se encarga de fijar permanentemente los preciosos pedazos de plástico brillante a la carrocería de vehículos de toda marca y manufactura. La idea de ponerle remaches a un emblema es estéticamente aberrante. Los fabricantes de automóviles gastan millones en desarrollar sus marcas e insignias, y difícilmente considerarían como una mejoría la adición de sujetadores de metal a sus logotipos.
Pero como dije antes, no hay otra opción, pues los mismos remaches que afean a las insignias, las hacen inapetecibles a los amigos de lo ajeno. Y por ello don Martín tiene clientes de sobra. Pero esto no es sin incidentes. Una vez un tipo llegó a buscarlo para exigirle que le pagara un tremendo rayón que le habían hecho al tratar de remachar unos logos a la carrocería de su flamante Mercedes nuevo. Don Martín se defendió insistiendo que él no había sido quien le había puesto los remaches. El otro al fin desistió de tratar de cobrarle, pero salió echándole mil maldiciones y jurando y perjurando que nunca en la vida iba a llevarle otro carro a remachar. Pero al mes después estaba de vuelta, trayéndole el auto recién reparado. Al fin y al cabo, había que asegurar las insignias.
Mientras tapiza mis emblemas de remaches, don Martín me regala con más anécdotas.
“La gente a veces me pregunta por qué nunca estoy enojado, que por qué siempre ando alegre, y yo les digo que es porque fui payaso. Y es verdad. Fui payaso en dos circos en México durante un tiempo.” Al verlo riendo alegremente mientras colocaba remache tras remache, es fácil imaginarlo entreteniendo a una multitud bajo una carpa en tierras muy lejanas.
“Es importante tener los insignias colocadas en los carros”, afirma don Martín, al terminar su trabajo. “Porque, ¿sabe cómo se miraba su carro sin su insignia? ¡Así!”, exclama, a tiempo que me sonríe con una dentadura carente de incisivos superiores e inferiores. Y de esa forma, el remachador-payaso logra que otro cliente suelte la carcajada.
jueves, 25 de febrero de 2010
Recintos de evacuación
(Foto: Matthew Zucker)
Debido a que son áreas tan importantes en nuestras vidas, todos procuramos contar con un baño a una distancia prudencial de donde estemos. Esto nunca es problema cuando nos encontramos dentro de los confines de nuestro hogar, ya que los sanitarios caseros por lo general se mantienen impecablemente limpios. El problema comienza cuando la naturaleza hace su llamado en sitios como mercados, talleres, estaciones de autobuses, gasolineras, etc. En esos casos es preferible buscar el arbusto más cercano, pero cuando no lo hay, nos vemos forzados a incursionar en las instalaciones más insalubres, escalofriantes y angustiosas del mundo conocido: los baños públicos.
Quien se adentra en uno de estos lugares por lo general sigue la misma rutina. Antes de entrar, se empieza a respirar por la boca, para no inhalar la nauseabunda y densa atmósfera. También se procura mantenerse apartado de las paredes y de los otros usuarios. Es en momentos como estos que se desea poseer poderes de levitación y telequinesis para mover todo con la mente y no tener que tocar absolutamente nada, ni siquiera el piso.
Aunque los baños públicos de damas no son un primor precisamente, por lo general se encuentran mucho más limpios que los baños de los caballeros. La razón de ello es que los baños femeninos no tienen ese artefacto tan masculino llamado urinal. Y es que el uso correcto del mingitorio requiere de una puntería que muchos hombres no poseen ni les interesa tener. También es verdad que algunos sociópatas fallan a propósito. Lo cierto es que paredes, pisos y usuarios del baño se ven salpicados mucho más de lo necesario.
Pero hacer aguas en un urinal no es nada comparado con el uso de un retrete público. Este es un horror capaz de hacer llorar al más pintado. Primero, hay que arremangarse la vestimenta pero teniendo cuidado que no toque el piso en ningún momento. Luego el desafío consiste en usar el inodoro sin tocar el asiento donde cientos de miles de personas han reposado su humanidad. Las damas, obligadas a lidiar con este problema diariamente, han desarrollado ingeniosas técnicas como sujetarse firmemente de las paredes para usar el baño suspendidas en el aire o bien forrar el asiento con varias capas de papel de baño. Esta es una muy buena solución, si es que hay papel higiénico. Al terminar, es preciso jalar la cadena sin usar las manos, lo que requiere de una serie de malabarismos muy exactos para no parar metiendo el zapato en la taza.
Finalmente, llega el momento de lavarse las manos. Si se tiene suerte, uno de los lavabos funcionará, pero entonces es probable que no haya jabón. Y si hubiere jabón, entonces no habrá agua. Y si hubiera agua y jabón, entonces no habrán toallas de papel ni funcionará el secador de manos. Es la ley de la vida.
Por estas y otras razones demasiado horripilantes para contarlas, no es de extrañar que algunas personas hayan optado por evadir la penosa experiencia sanitaria comiendo y bebiendo muy poco durante sus salidas. Otros más drásticos han elegido ejercer una tiránica represión sobre sus sistemas intestinales y urinarios mientras se encuentran fuera de casa, negándose a buscar alivio en otro baño que no sea el propio. Los cólicos que tales compresiones producen son sumamente incómodos, desde luego, pero mucho menos que tener que usar un baño público.
Debido a que son áreas tan importantes en nuestras vidas, todos procuramos contar con un baño a una distancia prudencial de donde estemos. Esto nunca es problema cuando nos encontramos dentro de los confines de nuestro hogar, ya que los sanitarios caseros por lo general se mantienen impecablemente limpios. El problema comienza cuando la naturaleza hace su llamado en sitios como mercados, talleres, estaciones de autobuses, gasolineras, etc. En esos casos es preferible buscar el arbusto más cercano, pero cuando no lo hay, nos vemos forzados a incursionar en las instalaciones más insalubres, escalofriantes y angustiosas del mundo conocido: los baños públicos.
Quien se adentra en uno de estos lugares por lo general sigue la misma rutina. Antes de entrar, se empieza a respirar por la boca, para no inhalar la nauseabunda y densa atmósfera. También se procura mantenerse apartado de las paredes y de los otros usuarios. Es en momentos como estos que se desea poseer poderes de levitación y telequinesis para mover todo con la mente y no tener que tocar absolutamente nada, ni siquiera el piso.
Aunque los baños públicos de damas no son un primor precisamente, por lo general se encuentran mucho más limpios que los baños de los caballeros. La razón de ello es que los baños femeninos no tienen ese artefacto tan masculino llamado urinal. Y es que el uso correcto del mingitorio requiere de una puntería que muchos hombres no poseen ni les interesa tener. También es verdad que algunos sociópatas fallan a propósito. Lo cierto es que paredes, pisos y usuarios del baño se ven salpicados mucho más de lo necesario.
Pero hacer aguas en un urinal no es nada comparado con el uso de un retrete público. Este es un horror capaz de hacer llorar al más pintado. Primero, hay que arremangarse la vestimenta pero teniendo cuidado que no toque el piso en ningún momento. Luego el desafío consiste en usar el inodoro sin tocar el asiento donde cientos de miles de personas han reposado su humanidad. Las damas, obligadas a lidiar con este problema diariamente, han desarrollado ingeniosas técnicas como sujetarse firmemente de las paredes para usar el baño suspendidas en el aire o bien forrar el asiento con varias capas de papel de baño. Esta es una muy buena solución, si es que hay papel higiénico. Al terminar, es preciso jalar la cadena sin usar las manos, lo que requiere de una serie de malabarismos muy exactos para no parar metiendo el zapato en la taza.
Finalmente, llega el momento de lavarse las manos. Si se tiene suerte, uno de los lavabos funcionará, pero entonces es probable que no haya jabón. Y si hubiere jabón, entonces no habrá agua. Y si hubiera agua y jabón, entonces no habrán toallas de papel ni funcionará el secador de manos. Es la ley de la vida.
Por estas y otras razones demasiado horripilantes para contarlas, no es de extrañar que algunas personas hayan optado por evadir la penosa experiencia sanitaria comiendo y bebiendo muy poco durante sus salidas. Otros más drásticos han elegido ejercer una tiránica represión sobre sus sistemas intestinales y urinarios mientras se encuentran fuera de casa, negándose a buscar alivio en otro baño que no sea el propio. Los cólicos que tales compresiones producen son sumamente incómodos, desde luego, pero mucho menos que tener que usar un baño público.
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