viernes, 11 de junio de 2010

Malo de encender y peor de apagar

 (Foto: Stephen Mallon)

Mientras desciendo vertiginosamente por la empinada cuesta, percibo la velocidad de mi auto acrecentarse con cada segundo que pasa. Arbustos, casas y transeúntes pasan a mi par convertidos en manchas borrosas. El peligro que se cierne sobre mí produce oleadas de adrenalina que recorren mis venas traduciéndose en palpitaciones desaforadas en mi pecho y gotas de sudor frío que perlan mi frente. Pienso en el pedal del freno, y ruego no tener que usarlo pues sé muy bien que parar ahora sería catastrófico.

A cambio de todas las ventajas que proporciona el automovilismo, el conductor se pliega a las incesantes exigencias de todo vehículo: gasolina, aceite, líquido de frenos, anticongelante y mil cosas más. Desatender alguna de éstas puede ser calamitoso y conducir a un peatonismo obligado. Pero mientras que una carencia de gasolina tan sólo puede ser remediada con más gasolina, una carencia de batería puede ser paliada con la combinación adecuada de esfuerzo físico e inercia.

Y eso es algo muy afortunado, porque a diferencia de la gasolina y el aceite, la batería no siempre avisa antes de fallar. Un conductor puede manejar su vehículo el día entero sin problemas y pasar las de Caín para encenderlo por la noche. Ese caprichoso carácter de las baterías ha obligado a algunos a cargar cables para pasar corriente, pero ello precisa de la gentileza de otro conductor, algo en lo que difícilmente se puede depender hoy en día. Contagiados de ese nihilismo, algunos conductores han optado por comprar baterías portátiles que usan para pasarle carga a sus extenuados vehículos. Algo muy conveniente, pero distan de ser una opción para el automovilista con presupuesto limitado. Algunos optan por llamar a la agencia de seguros para solicitar auxilio, pero si el vehículo se queda varado en un lugar oscuro y poco concurrido, puede ser que cuando al fin llegue la grúa, no quede suficiente vehículo que remolcar.

Es por todo lo anterior, que empujar sigue siendo la opción favorita para encender el vehículo en caso de emergencia. Esta actividad es muy sencilla cuando se lleva un copiloto o se consigue a algún alma caritativa que empuje mientras uno se sube a tratar de encender el vehículo. Las cosas se complican cuando la única persona disponible para empujar es la misma que tiene que encenderlo. Esto produce frenéticas escenas de hilarante acrobacia propias de las películas de los años dorados del cine mudo.

Para quienes tienen la fortuna de haber parqueado en terreno inclinado, lo único que resta es quitar el freno de mano y dejar que el peso y la gravedad se hagan cargo. Si la batería no está muy agotada, bastará con unos diez o veinte metros de caída para encender el vehículo. Pero si la cosa es seria, como a veces sucede, es preciso dejar caer el auto mucho más, hasta que el acumulador reúna carga suficiente.

Y fue así como me he ví en la situación que describía al principio. Al ver que mi auto se rehusaba a encender, tuve que permitir que transcurriera más tiempo del que yo consideraba prudente. Aunque la calle estaba en una pronunciada pendiente, el testarudo carro no quería encender. Apagué el aire acondicionado, el radio y cualquier otra cosa que pudiera drenar preciosa energía de arranque, pero nada. El auto comenzó a perder impulso conforme el terreno se hizo menos vertical. Miré a mi alrededor y me di cuenta que mi acelerado paseo me estaba llevando a uno de esos barrios a los que uno no entra ni aunque le paguen. Decidí intentar un cambio de enfoque. Suspendí la letanía de expletivas que venía murmurando entre dientes, miré fijamente al tablero de instrumentos, y en tono demasiado agudo, dije: “Si enciendes ahora, te juro que mañana te compro una batería nueva.” Silencio. Traté de controlar mi nerviosismo y agregué: “Además te voy a llevar a lavar, aspirar y a pulir.” El motor emitió un gruñido casi inaudible. Con voz seductora acaricié el tablero de instrumentos mientras susurraba: “Y por supuesto, te llenaré el tanque con gasolina de alto octanaje.” Y en ese momento, el auto arrancó.

3 comentarios:

Lafán dijo...

Con un inicio espeluznante (eso del barrio "donde uno no entra aunque le paguen" pone los pelos de punta), los lectores quisiéramos saber si ya se le cumplieron todas las promesas al carrito.
El suspenso aumenta en cada uno de los artículos. Ahora a escribir cuentos y a sorprendernos, también.

Xander dijo...

Muchas gracias por los comentarios. Con respecto a las promesas realizadas al automóvil, puedes dar por seguro que todo fue cumplido. Compré una batería al día siguiente, pero cuando el coche se volvió a quedar parado al día siguiente, me di cuenta que tendría que cumplir con todo. Así que lo llevé a hacer un servicio mayor en agencia, donde le cambiaron aceite, filtros, y mil cosas más, todo a cambio de un dineral.

Lo bueno es que lo aspiraron y lavaron. Y al día siguiente le llené el tanque, eso sí, con gasolina de octanaje normal, pero por favor no le digas a mi auto.

Regislinda dijo...

Me he reído como no tenes idea y es que hace poco pase por el mismo predicamento, (quitando el barrio al que no entraría ni aunque me paguen) sin embargo yo si tuve que recurrir a mi superheroe favorito que me llevo al super a comprar unos cables por Q50 y me pasó corriente, pero al dia siguiente tuve que comprar la batería.

Por si no los han leído:

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