jueves, 21 de enero de 2010

La casa del otro lado de la calle


(Foto: Patrick Joust)

Cuando nací, esa casa ya estaba allí. Es más, según mis cálculos, esta construcción antecede a mi nacimiento por lo menos por cuarenta años. Es un domicilio de los que ya casi no hay, de los que fácilmente ocupan un cuarto de manzana por sí mismos. Recientemente me enteré que este lugar tiene los días contados: dentro de unos días iniciarán los trabajos para convertir esta espaciosa residencia en un edificio de oficinas. Cuando se dan instancias como ésta, es natural que los recuerdos fluyan a mi mente como agua de un manantial de nostalgia.

Nunca en mi vida fui privilegiado con una invitación para entrar a dicha casa, pero a lo largo de los años tuve la oportunidad de observar fugazmente sus interiores cuando se abrían los portones y yo tenía la suerte de pasar enfrente. De mis furtivos vistazos pude deducir que la casa en cuestión tenía un jardín frontal bastante considerable, lo cual realmente no resultó ser una observación tan sagaz, pues los enormes árboles que brotaban en su interior eran visibles desde la calle. Durante una noche con viento, una de las ramas de estos árboles cayó sobre un transformador, causando un corto circuito y ocasionando un show espectacular de luces multicolores que nada tenía que envidiar a los espectáculos pirotécnicos de hoy en día. Recuerdo haber contemplado hipnotizado el danzar de las chispas mientras escuchaba los crujidos que hacía la rama al carbonizarse.

La casa originalmente albergó a una gran familia, y cada fin de año se congregaban a celebrar. Conforme pasó el tiempo, menos y menos familiares llegaron, hasta que un año no llegó nadie. Algunos atribuyen esto al ciclo de la vida, otros a problemas con la herencia. Yo me inclino por lo segundo.

Durante mucho tiempo, en esa casa hubo perros, y cada vez que pasaba alguien, los animales sacaban la cabeza por debajo del portón, ladrando enloquecidos y lanzando mordidas al aire. En una ocasión, aprovechando que los portones estaban abiertos, un perro negro como el azabache escapó de la casa justo cuando pasaba caminando enfrente una señora de la tercera edad de la mano de un niño de cinco o seis años. Al ver a la pareja de transeúntes, el perro enfiló directamente hacia ellos.

El perro abrió las fauces y las cerró alrededor del muslo de la señora. Después de un par de segundos que se antojaron una eternidad, el perro soltó la presa y regresó a la casa de donde había salido. Cuando la señora recobró la compostura y se examinó la pierna, se sorprendió al ver que la tenía intacta. Al examinar con cuidado se dio cuenta de que las enaguas que acostumbraba usar habían hecho resbalar los dientes de la bestia, impidiéndole arrancar un pedazo de carne. Si bien el ataque le dejó la pierna amoratada, la señora dio gracias de que el can la hubiera atacado a ella y no al niño que la acompañaba.

Yo estoy de acuerdo. Un perro así de grande y fiero fácilmente hubiera podido arrancarle el brazo al indefenso infante, y escribir estos artículos ya es suficientemente difícil de por sí, como para encima tener que hacerlo con una sola mano.

5 comentarios:

Regislinda dijo...

XD, este tu articulo sólo puso de manifiesto lo shute que sos, te mando un abrazo mi amigo shutío

Mr. Jules Valley dijo...

Odie a esos perros. Recuerdo que mas de alguna vez tuve que asustarlos con paraguas y si no estoy mal, en otra oportunidad me ayudaste a engañarlos para poder entrar a mi carro. Esa historia del niño me lo contó el mismo niño que ya estaba algo crecidito :) Saludos amigo.

Lupe de Vega dijo...

No sé por qué adivino que querías bautizar este artículo como "La casa de enfrente". Me alegro sobremanera de que no lo hayas hecho.

Gabriela Cassini dijo...

Pues yo creo que debes mostrarte MUY agradecido con tu abuelita y usar esos DOS brazos que tienes gracias a ella para darle un GRAN ABRAZOOO!! :D

Lafán dijo...

Este artículo también me ha despertado la nostalgia por lo que se va para no volver. En este caso, un estilo de vida y un vecindario que se asumía iba a tardar para siempre, pero que (igual que la inocencia) se esfuma delante de nuestros ojos sin que podamos hacer algo efectivo porque (y esa es la ironía) el "efectivo" fue lo que terminó con el paraíso. Ahora una casa grande con un hermoso jardín es una tentación para edificar un monstruo de 17 pisos y robarle la luz solar a todos los que están al lado.
Como decía Batres Montúfar:
"O tempora, o mores".

Por si no los han leído:

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