miércoles, 31 de marzo de 2010

Conducciones astrales

(Foto: Xanderall Studios)

Al llegar la noche, las calles se adueñan de un protagonismo que les es imposible alcanzar durante el día. Y es que mientras el cielo se encuentra iluminado, nadie las toma en cuenta. Es hasta que la bóveda celeste se apaga, que las calles pasan a primer plano, y su gris asfalto se convierte en marco de mil y una historias.

Manejar de noche tiene un cierto embrujo que el automovilismo diurno adolece. Cuando el sol se marcha, se lleva consigo los aspectos más molestos de la conducción: el calor, los embotellamientos y los policías de tráfico. A cambio deja avenidas y calles desprovistas de vehículos y transeúntes, irradiadas con las luces anaranjadas y verdosas de la iluminación pública así como por el escandaloso neón multicolor de los rótulos. En las esquinas, el ámbar y el rubí se apoderan de los semáforos mientras que el esmeralda duerme el sueño de los justos.

La noche citadina cuenta con ritmos y candencias propias. Las tiendas diurnas se cierran y los locales que han permanecido cerrados durante el día abren sus puertas a clientes ávidos de liberar tensiones acumuladas durante las horas previas. En esos lugares tan rebosantes de pasión, música y colorido, se entretejen las más variadas y originales novelas, protagonizadas por personajes a la vez genéricos y únicos. Quien pase frente a estos lugares se sentirá seducido o repelido, pero nunca indiferente.

Pero si el tránsito urbano nocturno es como una descarga de adrenalina, el manejo automovilístico en autopista realizado de noche puede llegar a ser hipnótico, casi místico. Mientras que la metrópoli se caracteriza por derrochar luminosidad, en la carretera de provincia la única iluminación disponible suelen ser los faroles propios y los ajenos. El verde paisaje diurno se transforma en un negro telón que se funde con las tinieblas de las alturas. El espacio sideral ya no parece tan lejano y surcarlo parece algo plausible y normal.

La oscuridad lo envuelve todo, pero no puede contener a algunos cuerpos luminosos que perforan su denso manto. Pequeños poblados posados en laderas desfilan silenciosamente fuera de mis ventanas como constelaciones de estrellas. Meteoros cargados de luz aparecen de la nada y enfilan hacia mí a un ímpetu vertiginoso, cambiando de rumbo justo antes de colisionar. Mientras pasan estrepitosamente a mi lado, puedo verlos convertirse en autobuses extraurbanos por unos segundos antes de desaparecer, devorados por la negrura.

Al carecer de la luz del sol para medir el paso de las horas, el tiempo pierde velocidad hasta detenerse, convertido en una amalgama sólida de horas y minutos. Asimismo el punto de origen y el destino son lo mismo: nociones abstractas, carentes de significado. Lo único que importa es el aquí y el ahora mientras se navega por el cosmos a treinta centímetros del suelo.

1 comentario:

Regislinda dijo...

Cuando manejo por la noche y vas a "X" velocidad por ese telón negro es como si empezaras a soñar, aunque aveces me da miedo porque una distracción te puede dar una amarga realidad. Buen articulo XD! Ya vez, volví!!

Por si no los han leído:

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